Moverse

Recuerdo poco los sueños que tengo, más nunca olvido las pesadillas. Desde chico he tenido algunas que han sido recurrentes, de principio no eran placenteras y después llegué a disfrutarlas. No son terroríficas, al contrario son complicadas, con patrones que incitan el vértigo, desesperación, mantienen al cerebro en una encrucijada. El volver a tenerlas es algo placentero.

Una de las más recientes fue totalmente distinta a las demás, en ella perdía la movilidad de mi cuerpo y la razón de ser, de las cosas, del habla, de vivir. Pero a la vez al ver imitaba los movimientos de una manera muy compleja, realizando cálculos, conectando sentidos, razonamientos en una especie de línea de comandos, sentía alivio cuando capturaba por ejemplo la tarea del decir adiós moviendo la mano con todas sus posibles variantes, de adiós de despedida, un simple saludo y tantas más.

Recuerdo haber pasado toda la noche dentro de ese sueño, del cual despertaba y creía ya era de mañana pero no, así que volvía a dormir y volvía a despertar sintiendo que ya habían pasado días de aprendizaje. De sentirme preparado para integrarme a la humanidad, a la sociedad. Por momentos creí nunca acabaría de aprender ahí la pesadilla.

Nunca acabamos de aprender y cuando dejamos de movernos olvidamos todo.